jueves, 28 de febrero de 2013

Picnómetro: la densidad de la vida

"¿Vale la pena llegar a una clase aminorada al aburrimiento de una tarde calurosa cuando una propiedad química y física se hace prácticamente un lujo que poco se puede observar con tanto detenimiento?"

Esa pregunta me llevó a pensar en una clase que hiciera más que avistar una fórmula molecular, una ecuación que describiera una propiedad, una cuestión en planteara todo más allá de las sensaciones y los olores en un salón azotado por la sensación térmica elevada y la humedad relativa condensando en la piel de los rostros que están ávidos de conocimiento y ávidos de explosión, de cambios bruscos y radicalismos inesperados. Por eso pensé en la clase como algo nuevo, el manejo de uns instrumento muy extraño y que dudo que muchos hayan usado siendo pequeños o ya casi terminando su colegio.

Dos cápsulas de vidrio temperado, con boquillas y tapa esmeriladas, y una pequeña abertura del tamaño de un capilar, con escasos 10 mL de capacidad y un tamaño y forma que retan a recordar esos cuentos donde las brujas sacaban pócimas para adormecer princesas de belleza exhuberante, cuyo único rescate es un príncipe -muchas veces sin principios de vida, si se adorna a lo contemporáneo de nuestra vida, que todo lo soluciona con un intercambio de saliva, que suele ser un mito y un motivo para que esos chicos se sonrojen de solo pensarlo. Toda esa idea está concatenada en esa botellita, una que un avesado chico, que intentó recordar lo visto en esas clases lejanas, semanales, que no sufren gran avance temático ni cognoscitivo con propiedad de 60 minutos, le logran brindar. 

-"Picómetro, profe", -fue lo que pronunció el chico. La corrección con ánimo hacia la respuesta correcta no demoró de mi parte, pero parece que ante mi negativa de acierto, no se animó, pero al menos vi en esa persona, en ese chico el espíritu para una historia.

En definitiva es un picnómetro, un aparatico extraño, que en el laboratorio es de olvido, pero un instrumento que permite hacer valoraciones orgánicas viendo el principio de la densidad. Y aunque hay otros instrumentos y técnicas, la precisión de este aparato, que tiene cientos de años, logra ser casi perfecta, porque a duras penas sus incertidumbres no son mayores a 0,1 g/mL.

Fuimos a trabajarlo, a ver como podía ser posible que tal aparatico midiera esa propiedad de la que muchos ya sabían el manejo algorítmico (aunque otros no), pero querían ver que tenía vida en algo procedimental. 4 sustancias, 8 grupos en su mesón respectivo y una sola balanza mecánica para tomar las masas. Cualquiera podría decir que el trabajo es complicado porque escasean los materiales. ¡Sólo habían 2 picnómetros para 8 grupos! Mi tarea era titánica recorriendo a voz de pupitrazo, de cuentavotos electoral, de vendedor de buena plaza, datos por doquier porque el tablero nos es nulo, el tiempo efímero.

Había, un trabajo por hacer, una campana que sonaba para el final de la clase, mi voz flaqueando por tanta repetición ante las palabras locas de algunos que llaman la atención y se les llama la atención, solo por un poco de su aporte a las actividades. Los precios que se pagan son caros, pero al menos uno tiene en el corazón, en la adrenalina del trabajo, que alguien podrá hacer una sinapsis positiva y resolver las ideas de forma correcta, de la forma esperada.

El chico del "picómetro" (para los que no saben es una medida igual a 10^-12 m), quedó fascinado por el trabajo y trató de conversar conmigo respecto a los compuestos a los que les calculamos la masa para obtener su densidad: alcohol, glicerina, agua destilada y aceite mineral fueron los invitados al festín de conocimiento. El no resistió preguntarme: 
-Profe, ¿esos reactivos son costosos?
-No, no lo son. De hecho, suelen ser los de mayor uso y los más económicos en un laboratorio.
-Son extraños, incluso hasta el agua. -Falló en exponerme que la había probado porque el hecho de que fuera destilada le generó curiosidad. Miré con severidad ante su inocente afirmación de sabor.
-Bueno, es que todos tienen una pureza que en lo que normalmente usamos no se encuentra.
-¿Pero de qué están hechos, profe?
-Es la tarea. Por lo pronto puedo decirle que son los compuestos que tienen más aplicaciones en la cosmética, y lo que acabamos de hacer es un procedimiento de rutina que usan esas industrias para garantizar calidad en sus productos.
-Pero igual, no dejan de ser extraños.
-Así como somos nosotros, respondí.
-No entiendo, profe. ¿Por qué dice eso?
-La vida le enseña a uno cuál es la densidad que uno tiene. Cada uno tiene la suya, como las cuatro sustancias que trabajamos hoy.

No dejé hablar al chico desde ese momento porque parecía que había capturado su atención. Y empecé a explicar mi punto de vista. Somos moléculas aglomeradas, no podemos estar lejos de comportarnos como ellas, como sus texturas y sus formas, incluso con sus estructuras. 

-Todos podemos tener las densidades de esas sustancias, podemos desarrollarlas en cualquier momento, para nuestro beneficio mayoritariamente, pero es parte de la vida que a veces queramos reflejar sentimientos negativos para otros o incluso para nosotros mismos. El agua, como punto de partida de densidad, siempre estará reflejado en la persona tranquila y que sabe lo que busca, que tiene todo bajo control. Pero tiene como mal aspecto que no divierte. Ustedes mismos se aburren de trabajar con agua, que encuentran más felicidad en salpicársela. -El chico soltó una leve carcajada. Precisamente porque el agua necesita ser más para que el humano sea más.

-¿Y entonces las otras sustancias qué aportan?
-Los cambios, las facetas de la gente. Un aceite puede parecer pesado, lento al fluir, pero es liviano. Usted con él puede encender una luz, puede hacer que su comida sepa bueno. El aceite es servicial y mucha gente es de esa manera y se puede apreciar. Su densidad es bella, porque facilita la vida. Pero vaya y sáquele un disgusto al aceite. Si lo "calienta" le responde con negativas, lo "quema" como buen aceite que es y le deja heridas complicadas. Puede volverse algo triste.

-Usted habla muy raro, profe.
-Yo nunca hablé normal.
-¿Y de las otras sustancias qué?
-El alcohol siempre muestra a las personas divertidas, su densidad es la de una persona con mucha alegría, porque enciende llamas, exalta la belleza de las cosas y logra hacer sentir alivio cuando nos lastiman. Así como cuando usted se lastima una pierna mientras juega fútbol. Lo primero a lo que usted recurre es hacer que el alcohol evite que una infección. Pero su densidad también puede ser negativa. Contamina las ideas, porque usted sabe que el alcohol está en el trago. A veces permite decir cosas que ni uno cree, porque su influencia es poderosa. Por eso hay que tener cuidado. Su densidad se vuelve poca, vacía, cuando logran hacer que todo gire en torno a sus bondades. Esas personas siempre sucumben ante su propia realidad cuando no ven progreso.

-Eso no se lo cree ni usted, profe. Si le encanta inventar cosas.
-Es el poder de ser humano. Inventar.
-Y de las demás.
-Solo nos queda una sustancia.
-¿La gliserida?
-Glicerina, mire el frasco, para que no olvide el nombre.
-Esa fue la más rara de todas. Huele dulce y es como caliente cuando se toca.
-Es el poder de la densidad.
-Ah, ya el profe se puso todo ficti.
-Nada de "ficti". De hecho la glicerina es casi como una conjunción de las densidades de las demás sustancias que trabajamos. Verá usted, es que siempre es difícil lograr ser perfecto, pero usted va a encontrar una persona en algún momento le evoque ese olor dulce y que cuando usted esté cerca de ella sienta el mismo calor que cuando tocó la glicerina en la clase. Esas características le dicen que esa persona es casi perfecta, porque genera en usted una sensación de seguridad, pero también de extrañeza, de misterio. Es algo que usted siempre va a admirar y esas personas, al igual que la densidad que calculará para esta sustancia, son altas, valen mucho.
-¿Pero uno cómo se da cuenta de eso?
-Eso se siente. Todas las personas con esas densidades existen, estudian con usted, le dan clase, están pendientes que usted esté bien en todo lado. Esos olores se perciben, así usted puede hacerse a la idea de cómo es una persona.
-¿El olor le dice a uno cómo es una persona?
-Hay gente que lee la mano y logra determinar cómo es una persona, lo mismo se puede con el olor, con la química, y la densidad de la persona es como esta actúe.
-Hay densidades altas y bajas, ¿verdad, profe?
-Las hay, y así mismo, particularidades en cada persona, cosas que lo hacen ser como son. No solo hay densidades para medir a una persona con estas cuatro sustancias. Habrán sustancias que le sean raras, con densidad desconocida. Pero eso será algo que se aprenderá al crear buenos momentos, al tener la compañia de esas personas. Precisamente usted está acá, para aprender lo que no está a simple vista siempre. Puede incluso aprender más de lo que percibe por lo que oye, siente, prueba y huele.
-Usted no parece químico, profe. Debería dar una clase de religión o algo así. En serio, a veces usted parece que no enseñara química y dice cosas muy locas.
-Bueno, solo me faltan las canas para que me diga que estoy loco.
-Y la verdad es que sí está loco.
-Puede que tenga razón. El punto es que siempre debemos estar preparados para enseñar algo más que aquello para lo que fuimos preparados.
-Entonces usted enseña locuras.
-Tal vez. Y quisiera creer que son de las buenas.
-Chau, profe. Me perdí el descanso
-Chau, juicioso.


Esa tarde, no quise cerrar el laboratorio...


Tampoco podía, el otro curso estaba por venir y tal vez más voz a desgastar, y tal vez la historia muriera ahí, y tal vez pudiera gritar. Ninguna clase fue mejor que esa ni lo ha sido. Ojalá se repita.


martes, 19 de febrero de 2013

La mujer de los demonios de tinta


Casual fue empezar a hablar con ella en una noche calurosa, alejados por una distancia enorme que simplemente se veía reducida por el teclado de un celular. Inició una historia que tenía visos de conquista, misterio y desazón por el encuentro de dos vidas desechadas por mentes que nunca han sido superiores. Yo inicié con esas patéticas presentaciones y absurdas pretensiones que no hacen más que ser alientos pobres; ella, por su parte respondió con la incredulidad de la distancia, cosa que era apenas justa para los dos.

La conversación inició con frialdad, pero siempre las sonrisas escritas en los chats que aborrecen complejos y todo se hace más liberal, hasta los deseos. Nos contamos que éramos, que somos ahora y que queremos ser; resumen de gustos y apatías por muchas cosas, acompañadas de la diversidad de sus ideas que me iba sorprendiendo cada vez más. Igualmente, ella admiraba muchas de las cosas que había logrado, y se sorprendió por mi edad y la velocidad de mi vida. A la final, nos permitimos hablar de muchas cosas que iban del arte al sexo, de la política a la religión, solo para revisar la dialéctica y confirmar el discurso que conmoviera el cerebro y el corazón. Así pasaron varios días; ella entre el frío que cristaliza todo. Yo, en el calor en donde el aire parece aceite hirviendo y el cuerpo una simple fritura, atacada por la rebeldía de los triglicéridos que no le restaban belleza, sino aumentaban su sabor.

Con el tiempo de las largas conversaciones, pude notar que su fisionomía me era extraña ante mis prejuicios diminutos y pregunté por qué la razón de sus perforaciones y también de sus tatuajes. Ella sintió que llegaríamos en cualquier momento a eso, lo preparó todo. Esa pregunta me surgió bajo el efecto de unas cuantas cervezas, solo por negarle pensamientos a la noche pero ella, de forma amable y pervertida, me sugirió un trago largo y que tomara nota con mi cabeza de lo que me relataría. Me preparé y le dije desinhibido –Arranca…

–Te comento que tengo cinco tatuajes y nueve perforaciones.
– ¿Tienen algún significado en especial? -Pregunté sorprendido.
–Bueno…-hizo una pausa propia de las limitaciones a las que nos acostumbra una red que lejos de ser 3G, camina como una EDGE, con la seguridad de que llega y la parsimonia que hace desesperante esa llegada, (Uno maldice las ondas electromagnéticas de radio, a pesar de su fascinante amplitud que por poco toca los kilómetros) -Son una acumulación de momentos: las perforaciones representa a alguien que ha pasado o está en mi vida y los tatuajes son cosas mías.
– ¿Cosas tuyas? ¿A qué te refieres con eso? Pregunté aún con más ahínco, el que permite expresar el teléfono en su procesador de texto
–Son cosas que residen en mí o que me rodean siempre.
– ¿Y esas cosas tienen nombre? ¿Son personas u objetos? Ciertamente esto que me dices es muy extraño y confuso.
–Bueno, son solo demonios.
– ¿Demonios? ¿Algo así como personajes intangibles que residen en ti y te dan molestias o se apoderan de tu ser?
–Más o menos.
–¡Cuéntame más al respecto! Ya el alcohol está haciendo estragos en mí. 14 cervezas golpeaban mi mente, pero no me hacían perder el interés por tan inesperadas respuestas.
–Esos demonios son personas y también seres que se han apoderado de mí.
–Vaya, eso se escucha fuerte y digno de una historia de terror.

Ella argumentó no tener la fuerza para continuar, porque asumió que la activación de sus demonios era inminente, mientras yo pastaba con los sonidos de un thrash metal progresivo que muchos conocen, pero que pocos se atreven a disfrutar en completa calma, asumiendo a la luna como una sonriente traicionera que ama, que suplica por compañía entre el bullicio de las conversaciones hastiadas del vacío de los interlocutores, quienes se me hacían lejanos con sus deseos, de la misma forma que nunca comprendía y me castigaba la mente creyendo que yo me había alejado de los míos.

El silencio reposaba cuando me nublé con la decimoquinta cerveza. Paró el sonido y se anunciaba el fin de mi licor, que sabía ya a derrota con la ausencia de vibración en el celular. Asumí que dormía, pero luego la invasión en mi cabeza de su historia hizo que sus demonios recorrieran los kilómetros para alcanzarme hasta la puerta donde me encontraba sentado, con la noche cómplice y distorsionada por las lámparas de sodio a las que repudio de una manera intensa hasta que recuerdo que sirven para determinar la rotación espacial de todas las bellas moléculas que nos componen. Sus demonios me atraparon y me hicieron lanzarle un tímido “hasta pronto”, que más bien parecía un camino sin regreso porque sabría que desaparecería entre esas tantas veces que intenté hablarle desde que ella destapó los motivos por los que su cuerpo cargaba el dolor impreso de las tragedias y satisfacciones que la hicieron eterna en mi cabeza y muchos corazones binarios, encriptados en la pobreza de un sistema operativo que falla siempre que se le necesita.

El cerebro se me desconectó, busqué la comodidad de canciones más suaves no sin antes darle a la hidroxiapatita de mi boca un poco de fuerza para combatir el débil ácido que reposa con el alcohol y el dióxido de carbono.


                                                    *                        *                       *



A la mañana siguiente ella me dejó un “Gracias por escucharme” en el chat.