Casual fue empezar a hablar con ella en una noche
calurosa, alejados por una distancia enorme que simplemente se veía reducida
por el teclado de un celular. Inició una historia que tenía visos de conquista,
misterio y desazón por el encuentro de dos vidas desechadas por mentes que
nunca han sido superiores. Yo inicié con esas patéticas presentaciones y
absurdas pretensiones que no hacen más que ser alientos pobres; ella, por su
parte respondió con la incredulidad de la distancia, cosa que era apenas justa para
los dos.
La conversación inició con frialdad, pero siempre
las sonrisas escritas en los chats que aborrecen complejos y todo se hace más
liberal, hasta los deseos. Nos contamos que éramos, que somos ahora y que
queremos ser; resumen de gustos y apatías por muchas cosas, acompañadas de la
diversidad de sus ideas que me iba sorprendiendo cada vez más. Igualmente, ella
admiraba muchas de las cosas que había logrado, y se sorprendió por mi edad y
la velocidad de mi vida. A la final, nos permitimos hablar de muchas cosas que
iban del arte al sexo, de la política a la religión, solo para revisar la
dialéctica y confirmar el discurso que conmoviera el cerebro y el corazón. Así
pasaron varios días; ella entre el frío que cristaliza todo. Yo, en el calor en
donde el aire parece aceite hirviendo y el cuerpo una simple fritura, atacada
por la rebeldía de los triglicéridos que no le restaban belleza, sino
aumentaban su sabor.
Con el tiempo de las largas conversaciones, pude
notar que su fisionomía me era extraña ante mis prejuicios diminutos y pregunté
por qué la razón de sus perforaciones y también de sus tatuajes. Ella sintió
que llegaríamos en cualquier momento a eso, lo preparó todo. Esa pregunta me
surgió bajo el efecto de unas cuantas cervezas, solo por negarle pensamientos a
la noche pero ella, de forma amable y pervertida, me sugirió un trago largo y
que tomara nota con mi cabeza de lo que me relataría. Me preparé y le dije
desinhibido –Arranca…
–Te comento que tengo cinco tatuajes y nueve
perforaciones.
– ¿Tienen algún significado en especial? -Pregunté
sorprendido.
–Bueno…-hizo una pausa propia de las limitaciones a
las que nos acostumbra una red que lejos de ser 3G, camina como una EDGE, con
la seguridad de que llega y la parsimonia que hace desesperante esa llegada,
(Uno maldice las ondas electromagnéticas de radio, a pesar de su fascinante
amplitud que por poco toca los kilómetros) -Son una acumulación de momentos:
las perforaciones representa a alguien que ha pasado o está en mi vida y los
tatuajes son cosas mías.
– ¿Cosas tuyas? ¿A qué te refieres con eso?
Pregunté aún con más ahínco, el que permite expresar el teléfono en su
procesador de texto
–Son cosas que residen en mí o que me rodean
siempre.
– ¿Y esas cosas tienen nombre? ¿Son personas u
objetos? Ciertamente esto que me dices es muy extraño y confuso.
–Bueno, son solo demonios.
– ¿Demonios? ¿Algo así como personajes intangibles
que residen en ti y te dan molestias o se apoderan de tu ser?
–Más o menos.
–¡Cuéntame más al respecto! Ya el alcohol está
haciendo estragos en mí. 14 cervezas golpeaban mi mente, pero no me hacían
perder el interés por tan inesperadas respuestas.
–Esos demonios son personas y también seres que se
han apoderado de mí.
–Vaya, eso se escucha fuerte y digno de una
historia de terror.
Ella argumentó no tener la fuerza para continuar,
porque asumió que la activación de sus demonios era inminente, mientras yo
pastaba con los sonidos de un thrash metal progresivo que muchos conocen, pero
que pocos se atreven a disfrutar en completa calma, asumiendo a la luna como
una sonriente traicionera que ama, que suplica por compañía entre el bullicio
de las conversaciones hastiadas del vacío de los interlocutores, quienes se me
hacían lejanos con sus deseos, de la misma forma que nunca comprendía y me
castigaba la mente creyendo que yo me había alejado de los míos.
El silencio reposaba cuando me nublé con la
decimoquinta cerveza. Paró el sonido y se anunciaba el fin de mi licor, que
sabía ya a derrota con la ausencia de vibración en el celular. Asumí que
dormía, pero luego la invasión en mi cabeza de su historia hizo que sus
demonios recorrieran los kilómetros para alcanzarme hasta la puerta donde me
encontraba sentado, con la noche cómplice y distorsionada por las lámparas de
sodio a las que repudio de una manera intensa hasta que recuerdo que sirven
para determinar la rotación espacial de todas las bellas moléculas que nos
componen. Sus demonios me atraparon y me hicieron lanzarle un tímido “hasta
pronto”, que más bien parecía un camino sin regreso porque sabría que
desaparecería entre esas tantas veces que intenté hablarle desde que ella
destapó los motivos por los que su cuerpo cargaba el dolor impreso de las
tragedias y satisfacciones que la hicieron eterna en mi cabeza y muchos
corazones binarios, encriptados en la pobreza de un sistema operativo que falla
siempre que se le necesita.
El cerebro se me desconectó, busqué la comodidad de
canciones más suaves no sin antes darle a la hidroxiapatita de mi boca un poco
de fuerza para combatir el débil ácido que reposa con el alcohol y el dióxido
de carbono.
A la mañana siguiente ella me dejó un “Gracias por
escucharme” en el chat.
Cerveza y demonios, besos y abrazos. Gracias! Muchas gracias de verdad.
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