miércoles, 8 de mayo de 2013

Cianuro y Ricina

Las historias de amor suelen ser las más venenosas...


Cianuro, era un muchacho que vivía a las afueras de una ciudad plagada de fábricas de productos químicos. Era un muchacho que ya estaba para graduarse de la escuela, le quedaba muy poco. Era responsable, tenía gran gusto por el jazz y se grababa en su habitación con un viejo bajo que había logrado persuadir a un amigo que se lo prestara. Era de una familia de clase media, que no tenía muchos recursos económicos para pensar en costearle una universidad, pero habían logrado que estudiara con media beca en el mejor colegio de la ciudad. Quería ser artista o músico. Era bueno con su instrumento y su cuarto logró plagarlo de dibujos de una forma muy particular: empezó a tapizar las paredes con hojas de papel reciclado y cartón sobre la que con tintas orgánicas, acuarelas, unos óleos viejos que había encontrado en una tienda de pintura que quedaba a dos cuadras de su casa; hizo como si su cuarto fuera una porción invisible, retratando lo que estaba rodeando ese lugar exactamente como es, sin la perturbación de hormigón que le daba su habitación al paisaje. Su padre, Azeótropo, era un tipo bonachón, con bigote carboxilado y que lucía unas mancuernas eutécticas a toda hora con una camisa que impecablemente su esposa, Isoterma, le tenía siempre almidonada de manera perfecta. Azeótropo era técnico en jefe de la planta productora de alcohol rectificado, que era el combustible que movía a todas las máquinas, con mayor eficiencia que los octanos. Isoterma había logrado ser una importante estadista de una compañía de textiles sintéticos, pero fue despedida por personal molecularmente más calificado, de manera que se dedicó a las labores del hogar.

Cianuro tenía buena relación con sus viejos, aunque últimamente con su padre había discutido el proyecto de ampliación de la fábrica donde él trabajaba. Cianuro admiraba mucho cuanto había para dibujar, y usaba, curiosamente, modelos de esferas y barras en sus dibujos, que al mirarse de lejos, creaban una ilusión tridimensional del objeto que dibujaba. 17 años de vida, le habían otorgado ese don y también aquel de ser tratado como raro por muchas personas en su escuela. Aunque él nunca sintió que fuera de esa manera.

En las noches, salía en su bicicleta de níquel-cromo hasta una colina que quedaba casi al otro lado de la ciudad solo para ver como ese paisaje humeante de esa ciudad difuminaba la luz de las lámparas de sodio y película fosfatada que aún no tenían una mejora. Fumaba un cigarro, dibujaba, meditaba unos minutos y al final, en una banca y una caneca quedaban la cajetilla y las colillas de lo que había sido una noche productiva.


                                                       *                    *                    *

Ricina era una mujer de 17 años, muy hermosa, de una figura sutil y enérgica, como el carbohidrato del que estaba hecha, tal vez un poco presumida, por pertencer a la familia Lecitina, que se conocía por su poderoso imperio de productos alimenticios a base de soya, que se estaban convirtiendo en los preferidos de una sociedad consumista. Sin embargo, las apariencias engañan. Ella lograba ser una mujer que iba en contra de las convicciones de consumo de su familia, y a pesar de vivir en uno de los más lujosos vecindarios, nunca pidió más cosas que las necesarias. Su habitación, no era rosa, tenía paredes verde aceituna que le daban un aspecto lúgubre con conrtinas vinotinto, y en ellas montones de carteles y pendones de sus bandas favoritas: "Basofílica", "Billy Serotonina y Las Dopaminas", "Rocksótopo" y "Las Auxinas" sobresalían entre ellos. Un escritorio con un portátil, regalos insulsos y un armario lleno de botas de muchos colores, shorts de jean y bufandas. Sus primos la miraban como bicho raro por su vestuario y maquillaje, pero ya había dejado de ser complejo para la familia, entre la permisividad en la crianza que se habían dado todos. Tenía una mancha en su cintura, que tenía la forma del fruto del Castor, por lo que sus padres de ahí le habían otorgado su nombre.

Disulfuro y Glicosilasa se llamaban su padres, que querían siempre mostrarle una postura estricta, que Ricina siempre evadía con su elocuencia y la ayuda de sus amigas, a quien en realidad a veces solo veía como excusa para su soledad y para acompañarse a veces, a probar la nueva droga de moda en los bares clandestinos de la ciudad. Era delgada, odiaba la soya y los propios productos que producía la fábrica de su padre le daban náuseas. Aparecía a hurtadillas en su casa, con algunos miligramos de droga y alcohol en su delicado cuerpo, que incluso con un trajín casi diarío, no veía alteración en belleza. No quería estudiar economía, pero sus padres estaban dispuestos a convencerla a como diera lugar. Asistía a la Escuela Técnica Protéica y Lípida, la mejor de la ciudad.


(Sí, allí también estudiaba Cianuro)


                                                 *                               *                               *


Nunca se habían hablado, pero dicen en la química de la vida, que los compuestos con el mismo efecto se atraen, y por esas fechas, el curso en el que se encontraba Cianuro se enfrentaba en un partido de Atomofútbol, al curso donde estaba Ricina. El partido se había tornado de pierna fuerte, debido a que una voraz lluvia ácida había dejado el campo en muy malas condiciones, pero que el juez no decidió aplazar, pues definía la final del torneo en la Escuela. Ricina solo alentaba a sus compañeros que podían, eventualmente, darle información sobre los sitios donde podría ir a rumbear sin ser molestada por la PM. (Sí, la Policía Molecular). Y pues ella pagaba un precio alto por eso con una fama que le daba igual. Entre tanto, Cianuro solo era un simple lateral, que jugaba en el partido y era veloz. En todos los 13 partidos disputados, contando el actual, había marcado un gol, y ese había sido el que, al final, le daría la victoría a su equipo, que había ganado en el partido de ida y empatado en este, que había dejado más barro que buen fútbol.

Ricina se había ido antes del partido, detrás de uno de los muchachos de su curso, tratando de sacar una información en los vestieres de los muchachos. Todo mundo felicitaba, de manera sumisa al Cianuro, por el gol marcado en el patido anterior y sus compañeros estaban felices por acceder a la final, considerando la poca fe que se tenían al principio del torneo.Cianuro llegó al vestier y encontró a Ricina hablando con el otro joven sobre un lugar. Él no prestó mucha importancia, pero notó que se habían percatado de su presencia. Ricina, se despidió de su compañero con un beso que le tocaba la comisura de los labios, mirando a Cianuro mientras le decía: "21 horas! No lo olvides! Lleva a alguien más, nos hace falta completar las parejas." Y se alejó pasando por el lado de Cianuro hacia la salida, dejando una mueca pícara en el rostro que a Cianuro le pareció vacía, enfocándose en desamarrar mejor su guayo y sacar las canilleras. Ducha y a clase de artes. Cianuro al menos tenía algo para divertirse.

No sería sino hasta las 2 pm cuando las clases terminarían, y habría chance para el almuerzo, cosa que tenía impaciente a Cianuro. Que salío disparado del salón como chispa de dicromato de potasio cuando se le pone a una llama directa. No pudo evitar ver que Ricina, se alejaba sospechosamente del grupo de casilleros de su curso, siendo que el de ella quedaba quedaba en el otro bloque del colegio. Apuró en revisar y entre la rejilla encontró un pedazo de papel que decía: "A las 21 horas en la Colina Xenón. No celulares.".

Era la primera vez que recibía un mensaje así, y más de una chica que jamás había mostrado interés por él en ningún aspecto. De hecho, él pensaba que Ricina Lecitina era una de esas mujeres a las que hablarle sería una pérdida de tiempo porque parecía superficial y nunca se había detenido a contemplar algo o a destacarse académicamente en algo. Era una extraña para él.

Ricina maquinaba su plan: Una fogata con muchas drogas, trago y por qué no, diversión carnal con sus compañeros y otros amigos de otros colegios. Sería algo inolvidable para ella. A la final, sabría que sus papás pagarían el dinero que fuera necesario al colegio para no asumir la vergüenza de una reprobación académica, pero era lo que menos le importaba. Las drogas estaban en poder de Alginato, el compañero con quien Ricina hablaba en el vestier y que Cianuro sorprendió. Estaban Glicasa, Peptina y Metionina, Catalasa, y Edta en el grupo, que eran el "parche químico" de Ricina, y el terror de muchos en el colegio. Por los chicos, además de Alginato, iban Tanino, Gálico, Bismuto y Arseniato. Seis chicas y cinco chicos. El restante: Cianuro.

Cianuro casi ni almorzó y todavía tenía el papel en la mano, fue a su habitación, tocó un poco el bajo, y de la desesperación rompió la segunda cuerda, tocando una canción de Ella Bromotzgerald. Volvió a dibujar, pero sin la misma facilidad de antes, sintiéndose perturbado por la nota de Ricina. No lograba descifrar qué significaba eso. Pero casi a las 19 horas resolvió que iría. Total, estaba dentro de sus planes, ya que sería en la misma colina que visitaba todas las noches para dibujar y admirar la ciudad.

Ricina, a duras, penas, había parado en la casa a comer algo. No encontró a sus padres y ni se molestó en preguntar a alguien de la servidumbre. Solo se visitió en sus ropas algo descoloridas y "quimintage". Estaba emocionada, su mirada se iluminaba con el paso de los minutos.

Cianuro siempre llevaba su teléfono, que era muy sencillo. Solo le importaba estar en contacto con Isoterma, su madre, en caso de que algo le llegara a suceder. Siempre le enviaba mensajes de texto con su ubicación para no preocuparla. Esta vez dijo que iría a la cama después de la cena, luego salió por su ventana, dejando su celular en el nochero. Eran las 20 horas. Contó que demoraría una hora a pie en llegar a la Colina Xenón, incluso evitando pasar por el sector de "Boronx" (Sí, "Boronx", así suene raro o parecido a otros sectores de dudosa reputación en la vida real). Así que fue caminando y pasando por muchos lugares, que no había podido percatar con sus viajes en bicicleta. No todo iba mal esa noche para él. Pero con cada metro recorrido y cada minuto de viaje, se aumentaba la zozobra en su ser. Aunque, ya tan decidido, no se sorprendería de lo sucedido. Llegó a pensar que era una invitación a una secta, mientras dudaba en cruzar una esquina semaforizada que hacía el canbio de verde a rojo para el peatón. Al final la cruzó y siguió firme en el periplo y la colina solo estaba a menos de un kilómetro. 20:50 horas. Era el momento.

Cianuro llegó a la colina, era todo silencio y no le dio espera a un cigarrillo de los 13 que tenía en la cajetilla. Empezó a fumarlo, y ya eran las 21:02. Creyó que era una broma, pero prefirió otro cigarro para quedar con 11, y dijo que se iria pasados los 11 minutos. 21:10 y se levantó cuando escuchó una voz que dijo "¿No viste la luz amarilla al fondo? ¡Vamos!". Era Metionina, llamando al desprevenido Cianuro, que casi lanza una mueca de susto que solo logró hacerle caer el cigarrillo de la boca.

Un sendero lleno de bancas los llevaba hacia un pequeño lugar, donde escuchaban algunas risas, y estaban allí reunidos los ahora seis chicos con las seis chicas en torno a una fogata tan débil, que un Boy Scout podría haberse meado de risa por semanas. Habían bolsas, paquetes de snacks y una nevera con productos de soya que Alginato amaba comer y que solo Ricina encontraba desagradable.

Cianuro, llegó en silencio, se detuvo y dijo: "Lindo verlos por acá, pero en realidad prefiero ver otras luces más reales", e hizo seña de marcharse. En ese momento, Ricina dijo: "Futuro campeón, el triunfo no se logrará solo, pero nosotros tampoco lo garantizamos".

-"Precisamente, no me lo garantizan ni veo que aquí haya triunfo". Replicó Cianuro.
-"¡Qué cuadriculados son los del Orgánico 3!" (El curso de Cianuro).
-"¡Nou debwirn imvtrle!" balbuceaba Alginato, tragando una porción de torta fría de soya.
-"De verdad que no puedes ser más asqueroso, Algi. Cianuro, te invitamos es porque sabemos que no eres alguien que haga cosas comunes. Eres diferente". Dijo Ricina.
-Cianuro replicó: "De diferente ni de igual tengo nada. Yo me voy. Acá solo está la fracción de la escuela que siempre quiere dar de qué hablar."
-"Dibujar molecularmente y crear tridimensionalidad no es algo que todos tengan como don, Ciany. Créeme que eso te hace diferente". Contestó tácitamente Ricina.
-"Eso no te interesa, ni es gran cosa tampoco", dijo Cianuro.
-"No lo niegas, no lo afirmas, pero asumes que lo tienes. La culura Orgánico 3". Desdeñó Ricina. "Esto mejor lo discutimos con una botella de Fenol".

Cianuro tenía debilidad por el Fenol, era su bebida favorita, y aunque no era alcohólica, le provocaba serias sensaciones increibles. No de droga, pero sentía que podía dibujar por mucho tiempo. A veces pensaba que tenía algo, de manera que dijo: "Gracias, la cena me tiene lleno, así que iré a casa".
-"No niegues que no te gusta el fenol, es lo mejor y te hemos visto, todos, bebiéndolo a cántaros en el colegio".

No pudo resistir, aceptó centarse con ellos y beber fenol. Todos reían, empezaron a comer y pequeños cristales meth eran derretidos en cucharas que se pasaban a goteros. Goteros que caían en las bocas de todos, menos en la de Cianuro, que no tardó unos minutos más en saborear el primero, todo gracias a la cantidad enorme de fenol. Algunos habían bebido coctel de cloro ultravioletado, vodkadrazina, y licores más fuertes. Estaban un poco festivos, y habían aumentado la fogata. Alginato sorpresivamente había desaparecido con Metionina. Bismuto en su silencio, demostraba que podía hacer maravillas con sus manos que ya se adentraban sigilosamente en el cuerpo semi desnudo de Peptina, la chica de la fama de más "fácil" en la escuela y los demás se revolcaban entre risas eternas y llantos inexplicables del resto de integrantes de la docena de adolescentes. Cianuro solo vio un reloj de cesio que tenía en su muñeca y eran las 00:17 horas. No se sentía bien, pero a la vez logró sentirse pleno por muchos minutos: había tenido la conversación más extraña de la vida con Ricina.

Habían hablado de sus vidas, y ambos se habían contado de sus dones: El mencionado de Cianuro y su habilidad para el dibujo molecular que lograba volver en tridimensional cuando uno alejaba su vista de él. El de ella, simplemente había sido uno, y no era un don. Nunca lo había revelado a nadie, solo a él: no podía besar.

Al principio, Cianuro sintió que era una broma, y se rió, gracias a que el Fenol le había dado menos inhibiciones, pero al ver el rostro frustado de Ricina, detuvo la carcajada. Ricina dijo que se sentía miserable y que había tenido que decirle al chico que le gustaba que no podía besarlo, pero que haría cualquier cosa para que se sintiera satisfecho. Le confesó que el sexo le había parecido aburridor en la ausencia de un buen beso. Pero que igual, lo sentía genial.

Cianuro solamente le contó de sus sueños y de como había logrado desarrollar su habilidad de dibujo, la cual mencionó que no se percató de ella sino cuando tuvo la perspectiva de hacer que su cuarto se viera como podría quedar si los muros fueran casi que invisibles. Ella aseguró que querría verlo, en algún momento y que después de todo, al menos había encontrado a alguien interesante en el grupo de Orgánica 3.

Pasadas las 02:13 horas, solo estaban ellos dos, Cianuro y Ricina. Bueno, excepto Bismuto y Peptina, de los que ni se percataron, pero tuvieron su encuentro casi en sus narices. Rieron al ver como estaban abrazados rodeados de media docena de botellas de fenol. Fueron caminando por el sendero de la Colina, que estaba muy silenciosa, y siguieron hablando de la vida y de lo que querrían hacer. De repente, Ricina sintió una quemadura debajo de su seno izquierdo, que le molestaba, y que en dos minutos le hizo caer en brazos de Cianuro. Tenía una herida de bala que le hacía sangrar rápido a Ricina. Cianuro en su desespero solo logró cargarla en su hombro y bajarla por la colina hasta la Avenida Tecnecio, donde podría seguro conseguir transporte y llevarla al hospital.

Pasaron casi 6 minutos después del decenso, hasta que un taxi paró y los llevó camino al hospital. Ricina balbuceaba algo como "Sewn mguerf qrreo bfeszxo", al que Cianuro solo le pedía que se mantuviera, para saber que no había perdido la conciencia. Se lamentaba infinitamente no haber llevado el celular, pero no tenía más que seguir solo en el asunto.

Al llegar al hospital, entró por urgencias, y reportó el nombre a la enfermera: Ricina Lecitina. Todos corrieron a su reanimación, porque sabían que era la hija del gran magnate de los alimentos Disulfuro Lecitina. Su atención no se hizo esperar. No le permitieron pasar a la sala de cirugía y estaba nervioso. No sabía a quién acudir y su madre le recriminaría si le contara lo sucedido, pero lo pasaría. Su papá, lo mataría. Pensó por varios minutos. Resolvió llamar al bogotón.

En 25 minutos, Azeótropo cruzaba la puerta de urgencias y vio a su muchacho tirado en el suelo, esperándolo, cabizbajo. Corrió a preguntarle lo sucedido, lo sacudía y Cianuro solo miraba al suelo. A los 3 minutos entraron los Lecitina: Disulfuro, su esposa y el hermano del magnate, preguntando por Ricina. No mostraban signos tan evidentes de preocupación.

Una enfermera les aseguró que había llegado con un impacto de bala a urgencias, traido por Cianuro, (lo señaló). Disulfuro, quien llevaba una ropa cargo, de cacería, corrió a preguntarle a Cianuro lo sucedido. Este seguía sin responder.

Casi se arma una trifulca allí entre Disulfuro y Azeótropo. Que tenía pinta de irse a los golpes hasta que Cianuro gritó: "¡FUE UN MALDITO ERROR!"

Un silencio de casi 10 segundos quedó allí.Y entre llanto, Cianuro contó todo lo sucedido. Y pidió una cosa. Pidió que le dejaran ver a Ricina después de la operación.

Disulfuro solo lloraba. Había ido de cacería con su hermano cerca de la ubicación de la Colina Xenón. Disparó su rifle creyendo que era un Etanovenado.

Cianuro logró pasar a ver a Ricina, en coma. Inmóvil y frágil. A la final logró decirle: "siempre fuiste un buen error". La besó...


                                                    *                           *                          *

Ricina encontró a Cianuro sin vida a su lado.


domingo, 31 de marzo de 2013

Medianoche en Chernobyl

Una ciudad clavada en un pedazo que fuera soviético. No se necesita inspirar amor allí, no hay torres enormes, no era un lugar propiamente más que bañado por el verde estepario que cambia de gama con la estación del año. Lo que queda de un daño real y catastrófico que parece a esos momentos en donde culmina el amor. Chernobyl platica un suceso donde la radiación seca más que el propio amor, que el sacrificio de salvar a alguien que no conoces tiene mucho más valor que creer en tu propia sangre, en tu propia vida. Aún el daño se siente, aún ese sector se cae a pedazos, aún incluso se puede ver que a kilómetros de esa medianoche perfecta, no caduca la partícula alfa desviada por el negativismo de la realidad de un mundo que se magnetiza por estar conectado y no por hacer la propia introspección; no caduca la partícula beta que se desvía ante el positivismo de la solución que 600 000 personas le otorgaron a otros tantos millones solo para garantizar que la vida continuaría, insospechada y soluble en las nimiedades; no caduca siquiera la partícula gamma, como el mismo tezón de las personas que aún luchan por saber qué pasó ese agosto de 1986 y que aún tienen amor por ver como la energía es más poder que cualquier cosa en el universo, y que manejar la gente no es lo vital para seguir existiendo.

La medianoche rescata el amor en ese lugar, porque ahí, el xenón 135, un lindo isótopo que absorbía neutrones durante las reacciones en cadena para la producción de la energía. Fue una medianoche en la que se quería violar las reglas, se quería poner en juego la capacidad de responder ante una acción prohibida. Todo lo que se hizo necesario fue creer que se podía, tal cual como se alimenta un deseo de estar con alguien y ver que las posibilidades se disminuyen con el tiempo y los retos que se ponen.

Todos preparaban probar si se podía detener el flujo de energía y ver la respuesta de la turbina como generador propio y encendedor de los sistemas de emergencia en caso de que fueran necesarios para un evento similar. El asunto es que todo se violó, la seguridad, el poder de la energía, los circuitos. Todo cuando uno puede creer que sea humanamente posible para el control. ¿Qué estaría pensando un niño en Prípet en esa media noche? ¿Qué podría estar soñando ese pequeño soviético?

¿Cuántas historias de amor se escribirían entre el mismo licor que pudo haber invadido las calles ese día? ¿Qué olor se respiraría entre los besos con sabor a neutrones? Es mucha suerte probar un beso energético, pero a la vez se hace doloroso pensar que estar justo ahí, disfrutando de algo necesario para el alma, acabaría por dejarle dolor a la piela. Uno pensaría que un neutrón no haría mucho daño, que el cuerpo lo toleraría; no hay que olvidar que son las balas que dispara la energía cuando se le reta, cuando se le irrespeta y cuando se le trata como insegura y frívola.

El sacrificio posterior a esa medianoche inesperada del 26 de marzo de 1986 fue más loable que cualquier muestra de amor. Soldaditos de la edad de este químico mataron neutrones en una guerra contra la desintegración, una guerra liderada para reducir el numero de Roentgens (o mejor ahora, culombios/kg) en los indicadores. Una guerra por saber que contra lo que se luchaba era invisible, y que el amor por ver a alguien más feliz era mejor que luchar contra algo pequeño, totalmente imperceptible. Los amores que murieron, los hijos paridos, los que eran mórulas y blástulas, los que ya estaban soñando vivos durmiendo en esa media noche pagaron los besos, pagaron la prueba, pagaron violación a la energía. Esa niña fiera cobró caro, denunció el agravio que le propiciaron y recibió su recompensa y presenció de mano propia el castigo que merecía quien la tocó y la ultrajó.

Aún se recuerda esa media noche, aún se siente. Aún fue increíble ver como todo un sueño energético ardía a 2500 °C. Un sueño cargado de partículas alfa, beta y gamma, lanzadas a morro, jugando a destruir sin ser visibles y poniéndole orden a la misma entropía humana que es el mismo deseo de controlar todo, lo que resulta en la paradoja más hermosa que alguna vez se pueda plantear en la química y la física. Es el verdadero beso con energía, el que espero recibir algún día y morir en paz.

Chernobyl sigue siendo verde en su estepa, pero ahora gris, entre la dolomita, el plomo y el boro, compactados en un muro que evita que lo neutrones, como diabillos, como extraterrestres "terrestremente" conocidos propaguen un daño sucio. Más de 30 años han pasado, y solo hasta ahora se renueva la protección a paso lento. Chernobyl, en nuestra mente, dibuja un deseo que es solo un paso de la química y la física hacia un asunto meramente retórico. El mar no tiene tanto poder, la tierra no puede otorgar tanto estatus, el sol no puede quemar tanto la piel, el amor no puede dejar tanta huella como un ignorado neutrón.

jueves, 7 de marzo de 2013

Recuerdo Periódico

Recuérdame cuando sea hidrógeno, para que así sea el origen de tu universo.
Recuérdame en un beso que sepa a helio, para reducir tu voz a algo tierno y ser discontinuo y no monótono al quererte.
Recuérdame darme un poco de litio, en esa gaseosa deliciosa, para que no me vuelva loco por la falta de tus besos.
Recuérdame cuando en un trozo de esmeralda, el berilio brille con el verde de un llano precioso.
Recuérdame cuando puedas absorberme totalmente, como cuando el boro se convierte en el mejor cómplice de los amores complejos.
Recuérdame ser parte de tu esencia, de tu cuerpo, cuando me refugie en el carbono que habita en todo lado, hasta en lo más profundo de tus huesos.
Recuérdame ser esa atmósfera que es el nitrógeno, que tal vez no necesites, pero te da paisajes increíbles.
Recuérdame cuando se te acabe el oxígeno, porque te daría todo el mío para que respires a mi lado.
Recuérdame ser el flúor que bañe tu sonrisa, que permanezca blanca de tanta felicidad.
Recuérdame ser la luz de neón que ilumine tu camino cuando creas que debe haber diversión.
El sodio es perfecto si recuerdas que hace que vibre tu corazón.
El magnesio, tensando tus músculos, un recuerdo para cuando la desnudez y la fuerza argumenten nuestra pasión.
Liviano como el aluminio, el camino al tomar ese bus, sin destino alguno, solo una calle donde se cree nuestro amor.
A través de ese vidrio, recuérdame si me marcho, que el silicio te devuelva mi sonrisa para que creas fielmente que regresaré.
Como en la roca que hace que el fósforo brote de la tierra, ahí construiremos hogares para nuestros sueños, solo recuérdalo.
Que lo malo nunca contamine nuestro aire ni acidifique la pasión que crean nuestros labios y tu recuerdo al besarme. No nos sulfuremos mucho si nos molestamos por algo.
Una sal para una cena inolvidable, la que mejor permanezca en nuestro recuerdo con el cloro más puro.
Brilla azul, en mis ojos saturados de argón al recuerdo.
Recuérdame en una mordida de una fruta que tranquilice tu corazón al pensarme, el potasio te hará bien.
Fortalece mi cuerpo, con un apretón de tus huesos, del calcio que en mi recuerdo pide a gritos un abrazo.
Escandio al brillo, titanio a la pureza, vanadio a una molécula, cromo a tu color de piel; manganeso a tu esencia, hierro a tu sangre preciosa, cobalto y níquel a tu rareza, cobre para el precio que el zinc me da para proteger este amor. Súmale recuerdos a un beso "galio" en la Torre Eiffel, recorriendo terreno "germanio" después, envenenándome de besos arseniosos, que el cerebro con selenio me revive en esa rica cena que baila entre un pan bromado. Un cristal de kriptón para adornar tus manos; recuerdos de un viaje inesperado.

Explotan fuegos pirotécnicos rojos, cargados de rubidio y estroncio, entre un helaje de itrio. Recuerdo de una tarde memorable.
Que sea mentira lo falso de un zirconio, lo burdo del niobio, y lo ambiguo del molibdeno para describir mi amor, mi recuerdo y mi anhelo de ti.
"Tecnécicamente" hablando, yo sinteticé tu recuerdo.
Un anillo de rutenio o rodio para sellar mi unión a ti, ya no es recuerdo sino un sueño.
Tus besos me contaminan y me hacen explotar. Lo hicieron esa vez, entre brillos de chapas bañadas en paladio, joyas de plata y tintas de cadmio de los periódicos que la gente tira a la calle. Lo recuerdo bien.
Este deseo tiene que ser indio, en la cama acompañados de algún enlatado que fue cubierto con estaño, soldado al buen antimonio y dejando al telurio y a la pereza que nos tomen abrazados. Y sumo más recuerdos.
"¿Te estaño y yodo?" El chiste que te hará poner cara de que no te gusta que te hable de química, pero no está oculta aquí. Lo hago bien para que lo recuerdes. Y bríllame como xenón, para que me ilumines el camino de regreso.
Mide el tiempo, en lo posible con reloj de cesio, para que los metros que esté sin ti sean exactos y se reduzcan cada vez más. Solo recuerda eso.
Si voy a ser tu contraste como bario, entonces que todo tu cuerpo se extrapole a mi piel, pero ya no quiero que tenga que ser un recuerdo.
Sé rareza, como los lantánidos. Sé única, que así te recuerdo más.
Analízame con lampara de Hafnio, si la puedes ubicar, si lo puedes recordar.
No te puedes fundir, y aguantar mi ausencia cual cordón de tantalio o tungsteno en un bombillo que brille aún más con mi llegada. Ahí debes recordarme.
Tu sonrisa no puede invadirse por renio, osmio, iridio o platino. Jamás descuides tu belleza o mi recuerdo puede fugarse.
El oro de tu amor siempre será suficiente para que yo mismo te recuerde.
Nunca quiero contaminar este amor como minero sacando oro con mercurio y matando todo lo bueno y natural que siento. No podría recordar eso.
Solo el plomo acaba con los sueños de respirar y de vivir. Caer en la ambición de pesar más en lo cierto, puede quitarnos la alegría y luego vivir en la incertidumbre. Que no sea ese nuestro recuerdo.
Todo lo demás será para probarme tu amor, para probarme a mí mismo, por eso desde el bismuto hasta el laurencio, yo intentaré descubrir más de mí, sintetizarme en tu vida y llegar al pleno recuerdo precioso que atesores en tu corazón.

Todas mis propiedades pueden ser un enigma con el resto de elementos, pero algo es cierto. Tienes toda una vida para descubrirme, acertar a bombardearme con tu amor, y se genere energía radiactiva que nos haga cada vez más felices. Lo periódico no necesariamente debe ser monótono y puede llegar a ser tan divertido como aprender cualquier cosa. Lo periódico me va a acostumbrar a ti, pero tengo 118 razones para ser más feliz así estés lejos. No va a importar.

Lo importante es solo esto: recuérdame periódicamente.


jueves, 28 de febrero de 2013

Picnómetro: la densidad de la vida

"¿Vale la pena llegar a una clase aminorada al aburrimiento de una tarde calurosa cuando una propiedad química y física se hace prácticamente un lujo que poco se puede observar con tanto detenimiento?"

Esa pregunta me llevó a pensar en una clase que hiciera más que avistar una fórmula molecular, una ecuación que describiera una propiedad, una cuestión en planteara todo más allá de las sensaciones y los olores en un salón azotado por la sensación térmica elevada y la humedad relativa condensando en la piel de los rostros que están ávidos de conocimiento y ávidos de explosión, de cambios bruscos y radicalismos inesperados. Por eso pensé en la clase como algo nuevo, el manejo de uns instrumento muy extraño y que dudo que muchos hayan usado siendo pequeños o ya casi terminando su colegio.

Dos cápsulas de vidrio temperado, con boquillas y tapa esmeriladas, y una pequeña abertura del tamaño de un capilar, con escasos 10 mL de capacidad y un tamaño y forma que retan a recordar esos cuentos donde las brujas sacaban pócimas para adormecer princesas de belleza exhuberante, cuyo único rescate es un príncipe -muchas veces sin principios de vida, si se adorna a lo contemporáneo de nuestra vida, que todo lo soluciona con un intercambio de saliva, que suele ser un mito y un motivo para que esos chicos se sonrojen de solo pensarlo. Toda esa idea está concatenada en esa botellita, una que un avesado chico, que intentó recordar lo visto en esas clases lejanas, semanales, que no sufren gran avance temático ni cognoscitivo con propiedad de 60 minutos, le logran brindar. 

-"Picómetro, profe", -fue lo que pronunció el chico. La corrección con ánimo hacia la respuesta correcta no demoró de mi parte, pero parece que ante mi negativa de acierto, no se animó, pero al menos vi en esa persona, en ese chico el espíritu para una historia.

En definitiva es un picnómetro, un aparatico extraño, que en el laboratorio es de olvido, pero un instrumento que permite hacer valoraciones orgánicas viendo el principio de la densidad. Y aunque hay otros instrumentos y técnicas, la precisión de este aparato, que tiene cientos de años, logra ser casi perfecta, porque a duras penas sus incertidumbres no son mayores a 0,1 g/mL.

Fuimos a trabajarlo, a ver como podía ser posible que tal aparatico midiera esa propiedad de la que muchos ya sabían el manejo algorítmico (aunque otros no), pero querían ver que tenía vida en algo procedimental. 4 sustancias, 8 grupos en su mesón respectivo y una sola balanza mecánica para tomar las masas. Cualquiera podría decir que el trabajo es complicado porque escasean los materiales. ¡Sólo habían 2 picnómetros para 8 grupos! Mi tarea era titánica recorriendo a voz de pupitrazo, de cuentavotos electoral, de vendedor de buena plaza, datos por doquier porque el tablero nos es nulo, el tiempo efímero.

Había, un trabajo por hacer, una campana que sonaba para el final de la clase, mi voz flaqueando por tanta repetición ante las palabras locas de algunos que llaman la atención y se les llama la atención, solo por un poco de su aporte a las actividades. Los precios que se pagan son caros, pero al menos uno tiene en el corazón, en la adrenalina del trabajo, que alguien podrá hacer una sinapsis positiva y resolver las ideas de forma correcta, de la forma esperada.

El chico del "picómetro" (para los que no saben es una medida igual a 10^-12 m), quedó fascinado por el trabajo y trató de conversar conmigo respecto a los compuestos a los que les calculamos la masa para obtener su densidad: alcohol, glicerina, agua destilada y aceite mineral fueron los invitados al festín de conocimiento. El no resistió preguntarme: 
-Profe, ¿esos reactivos son costosos?
-No, no lo son. De hecho, suelen ser los de mayor uso y los más económicos en un laboratorio.
-Son extraños, incluso hasta el agua. -Falló en exponerme que la había probado porque el hecho de que fuera destilada le generó curiosidad. Miré con severidad ante su inocente afirmación de sabor.
-Bueno, es que todos tienen una pureza que en lo que normalmente usamos no se encuentra.
-¿Pero de qué están hechos, profe?
-Es la tarea. Por lo pronto puedo decirle que son los compuestos que tienen más aplicaciones en la cosmética, y lo que acabamos de hacer es un procedimiento de rutina que usan esas industrias para garantizar calidad en sus productos.
-Pero igual, no dejan de ser extraños.
-Así como somos nosotros, respondí.
-No entiendo, profe. ¿Por qué dice eso?
-La vida le enseña a uno cuál es la densidad que uno tiene. Cada uno tiene la suya, como las cuatro sustancias que trabajamos hoy.

No dejé hablar al chico desde ese momento porque parecía que había capturado su atención. Y empecé a explicar mi punto de vista. Somos moléculas aglomeradas, no podemos estar lejos de comportarnos como ellas, como sus texturas y sus formas, incluso con sus estructuras. 

-Todos podemos tener las densidades de esas sustancias, podemos desarrollarlas en cualquier momento, para nuestro beneficio mayoritariamente, pero es parte de la vida que a veces queramos reflejar sentimientos negativos para otros o incluso para nosotros mismos. El agua, como punto de partida de densidad, siempre estará reflejado en la persona tranquila y que sabe lo que busca, que tiene todo bajo control. Pero tiene como mal aspecto que no divierte. Ustedes mismos se aburren de trabajar con agua, que encuentran más felicidad en salpicársela. -El chico soltó una leve carcajada. Precisamente porque el agua necesita ser más para que el humano sea más.

-¿Y entonces las otras sustancias qué aportan?
-Los cambios, las facetas de la gente. Un aceite puede parecer pesado, lento al fluir, pero es liviano. Usted con él puede encender una luz, puede hacer que su comida sepa bueno. El aceite es servicial y mucha gente es de esa manera y se puede apreciar. Su densidad es bella, porque facilita la vida. Pero vaya y sáquele un disgusto al aceite. Si lo "calienta" le responde con negativas, lo "quema" como buen aceite que es y le deja heridas complicadas. Puede volverse algo triste.

-Usted habla muy raro, profe.
-Yo nunca hablé normal.
-¿Y de las otras sustancias qué?
-El alcohol siempre muestra a las personas divertidas, su densidad es la de una persona con mucha alegría, porque enciende llamas, exalta la belleza de las cosas y logra hacer sentir alivio cuando nos lastiman. Así como cuando usted se lastima una pierna mientras juega fútbol. Lo primero a lo que usted recurre es hacer que el alcohol evite que una infección. Pero su densidad también puede ser negativa. Contamina las ideas, porque usted sabe que el alcohol está en el trago. A veces permite decir cosas que ni uno cree, porque su influencia es poderosa. Por eso hay que tener cuidado. Su densidad se vuelve poca, vacía, cuando logran hacer que todo gire en torno a sus bondades. Esas personas siempre sucumben ante su propia realidad cuando no ven progreso.

-Eso no se lo cree ni usted, profe. Si le encanta inventar cosas.
-Es el poder de ser humano. Inventar.
-Y de las demás.
-Solo nos queda una sustancia.
-¿La gliserida?
-Glicerina, mire el frasco, para que no olvide el nombre.
-Esa fue la más rara de todas. Huele dulce y es como caliente cuando se toca.
-Es el poder de la densidad.
-Ah, ya el profe se puso todo ficti.
-Nada de "ficti". De hecho la glicerina es casi como una conjunción de las densidades de las demás sustancias que trabajamos. Verá usted, es que siempre es difícil lograr ser perfecto, pero usted va a encontrar una persona en algún momento le evoque ese olor dulce y que cuando usted esté cerca de ella sienta el mismo calor que cuando tocó la glicerina en la clase. Esas características le dicen que esa persona es casi perfecta, porque genera en usted una sensación de seguridad, pero también de extrañeza, de misterio. Es algo que usted siempre va a admirar y esas personas, al igual que la densidad que calculará para esta sustancia, son altas, valen mucho.
-¿Pero uno cómo se da cuenta de eso?
-Eso se siente. Todas las personas con esas densidades existen, estudian con usted, le dan clase, están pendientes que usted esté bien en todo lado. Esos olores se perciben, así usted puede hacerse a la idea de cómo es una persona.
-¿El olor le dice a uno cómo es una persona?
-Hay gente que lee la mano y logra determinar cómo es una persona, lo mismo se puede con el olor, con la química, y la densidad de la persona es como esta actúe.
-Hay densidades altas y bajas, ¿verdad, profe?
-Las hay, y así mismo, particularidades en cada persona, cosas que lo hacen ser como son. No solo hay densidades para medir a una persona con estas cuatro sustancias. Habrán sustancias que le sean raras, con densidad desconocida. Pero eso será algo que se aprenderá al crear buenos momentos, al tener la compañia de esas personas. Precisamente usted está acá, para aprender lo que no está a simple vista siempre. Puede incluso aprender más de lo que percibe por lo que oye, siente, prueba y huele.
-Usted no parece químico, profe. Debería dar una clase de religión o algo así. En serio, a veces usted parece que no enseñara química y dice cosas muy locas.
-Bueno, solo me faltan las canas para que me diga que estoy loco.
-Y la verdad es que sí está loco.
-Puede que tenga razón. El punto es que siempre debemos estar preparados para enseñar algo más que aquello para lo que fuimos preparados.
-Entonces usted enseña locuras.
-Tal vez. Y quisiera creer que son de las buenas.
-Chau, profe. Me perdí el descanso
-Chau, juicioso.


Esa tarde, no quise cerrar el laboratorio...


Tampoco podía, el otro curso estaba por venir y tal vez más voz a desgastar, y tal vez la historia muriera ahí, y tal vez pudiera gritar. Ninguna clase fue mejor que esa ni lo ha sido. Ojalá se repita.


martes, 19 de febrero de 2013

La mujer de los demonios de tinta


Casual fue empezar a hablar con ella en una noche calurosa, alejados por una distancia enorme que simplemente se veía reducida por el teclado de un celular. Inició una historia que tenía visos de conquista, misterio y desazón por el encuentro de dos vidas desechadas por mentes que nunca han sido superiores. Yo inicié con esas patéticas presentaciones y absurdas pretensiones que no hacen más que ser alientos pobres; ella, por su parte respondió con la incredulidad de la distancia, cosa que era apenas justa para los dos.

La conversación inició con frialdad, pero siempre las sonrisas escritas en los chats que aborrecen complejos y todo se hace más liberal, hasta los deseos. Nos contamos que éramos, que somos ahora y que queremos ser; resumen de gustos y apatías por muchas cosas, acompañadas de la diversidad de sus ideas que me iba sorprendiendo cada vez más. Igualmente, ella admiraba muchas de las cosas que había logrado, y se sorprendió por mi edad y la velocidad de mi vida. A la final, nos permitimos hablar de muchas cosas que iban del arte al sexo, de la política a la religión, solo para revisar la dialéctica y confirmar el discurso que conmoviera el cerebro y el corazón. Así pasaron varios días; ella entre el frío que cristaliza todo. Yo, en el calor en donde el aire parece aceite hirviendo y el cuerpo una simple fritura, atacada por la rebeldía de los triglicéridos que no le restaban belleza, sino aumentaban su sabor.

Con el tiempo de las largas conversaciones, pude notar que su fisionomía me era extraña ante mis prejuicios diminutos y pregunté por qué la razón de sus perforaciones y también de sus tatuajes. Ella sintió que llegaríamos en cualquier momento a eso, lo preparó todo. Esa pregunta me surgió bajo el efecto de unas cuantas cervezas, solo por negarle pensamientos a la noche pero ella, de forma amable y pervertida, me sugirió un trago largo y que tomara nota con mi cabeza de lo que me relataría. Me preparé y le dije desinhibido –Arranca…

–Te comento que tengo cinco tatuajes y nueve perforaciones.
– ¿Tienen algún significado en especial? -Pregunté sorprendido.
–Bueno…-hizo una pausa propia de las limitaciones a las que nos acostumbra una red que lejos de ser 3G, camina como una EDGE, con la seguridad de que llega y la parsimonia que hace desesperante esa llegada, (Uno maldice las ondas electromagnéticas de radio, a pesar de su fascinante amplitud que por poco toca los kilómetros) -Son una acumulación de momentos: las perforaciones representa a alguien que ha pasado o está en mi vida y los tatuajes son cosas mías.
– ¿Cosas tuyas? ¿A qué te refieres con eso? Pregunté aún con más ahínco, el que permite expresar el teléfono en su procesador de texto
–Son cosas que residen en mí o que me rodean siempre.
– ¿Y esas cosas tienen nombre? ¿Son personas u objetos? Ciertamente esto que me dices es muy extraño y confuso.
–Bueno, son solo demonios.
– ¿Demonios? ¿Algo así como personajes intangibles que residen en ti y te dan molestias o se apoderan de tu ser?
–Más o menos.
–¡Cuéntame más al respecto! Ya el alcohol está haciendo estragos en mí. 14 cervezas golpeaban mi mente, pero no me hacían perder el interés por tan inesperadas respuestas.
–Esos demonios son personas y también seres que se han apoderado de mí.
–Vaya, eso se escucha fuerte y digno de una historia de terror.

Ella argumentó no tener la fuerza para continuar, porque asumió que la activación de sus demonios era inminente, mientras yo pastaba con los sonidos de un thrash metal progresivo que muchos conocen, pero que pocos se atreven a disfrutar en completa calma, asumiendo a la luna como una sonriente traicionera que ama, que suplica por compañía entre el bullicio de las conversaciones hastiadas del vacío de los interlocutores, quienes se me hacían lejanos con sus deseos, de la misma forma que nunca comprendía y me castigaba la mente creyendo que yo me había alejado de los míos.

El silencio reposaba cuando me nublé con la decimoquinta cerveza. Paró el sonido y se anunciaba el fin de mi licor, que sabía ya a derrota con la ausencia de vibración en el celular. Asumí que dormía, pero luego la invasión en mi cabeza de su historia hizo que sus demonios recorrieran los kilómetros para alcanzarme hasta la puerta donde me encontraba sentado, con la noche cómplice y distorsionada por las lámparas de sodio a las que repudio de una manera intensa hasta que recuerdo que sirven para determinar la rotación espacial de todas las bellas moléculas que nos componen. Sus demonios me atraparon y me hicieron lanzarle un tímido “hasta pronto”, que más bien parecía un camino sin regreso porque sabría que desaparecería entre esas tantas veces que intenté hablarle desde que ella destapó los motivos por los que su cuerpo cargaba el dolor impreso de las tragedias y satisfacciones que la hicieron eterna en mi cabeza y muchos corazones binarios, encriptados en la pobreza de un sistema operativo que falla siempre que se le necesita.

El cerebro se me desconectó, busqué la comodidad de canciones más suaves no sin antes darle a la hidroxiapatita de mi boca un poco de fuerza para combatir el débil ácido que reposa con el alcohol y el dióxido de carbono.


                                                    *                        *                       *



A la mañana siguiente ella me dejó un “Gracias por escucharme” en el chat.