Una ciudad clavada en un pedazo que fuera soviético. No se necesita inspirar amor allí, no hay torres enormes, no era un lugar propiamente más que bañado por el verde estepario que cambia de gama con la estación del año. Lo que queda de un daño real y catastrófico que parece a esos momentos en donde culmina el amor. Chernobyl platica un suceso donde la radiación seca más que el propio amor, que el sacrificio de salvar a alguien que no conoces tiene mucho más valor que creer en tu propia sangre, en tu propia vida. Aún el daño se siente, aún ese sector se cae a pedazos, aún incluso se puede ver que a kilómetros de esa medianoche perfecta, no caduca la partícula alfa desviada por el negativismo de la realidad de un mundo que se magnetiza por estar conectado y no por hacer la propia introspección; no caduca la partícula beta que se desvía ante el positivismo de la solución que 600 000 personas le otorgaron a otros tantos millones solo para garantizar que la vida continuaría, insospechada y soluble en las nimiedades; no caduca siquiera la partícula gamma, como el mismo tezón de las personas que aún luchan por saber qué pasó ese agosto de 1986 y que aún tienen amor por ver como la energía es más poder que cualquier cosa en el universo, y que manejar la gente no es lo vital para seguir existiendo.
La medianoche rescata el amor en ese lugar, porque ahí, el xenón 135, un lindo isótopo que absorbía neutrones durante las reacciones en cadena para la producción de la energía. Fue una medianoche en la que se quería violar las reglas, se quería poner en juego la capacidad de responder ante una acción prohibida. Todo lo que se hizo necesario fue creer que se podía, tal cual como se alimenta un deseo de estar con alguien y ver que las posibilidades se disminuyen con el tiempo y los retos que se ponen.
Todos preparaban probar si se podía detener el flujo de energía y ver la respuesta de la turbina como generador propio y encendedor de los sistemas de emergencia en caso de que fueran necesarios para un evento similar. El asunto es que todo se violó, la seguridad, el poder de la energía, los circuitos. Todo cuando uno puede creer que sea humanamente posible para el control. ¿Qué estaría pensando un niño en Prípet en esa media noche? ¿Qué podría estar soñando ese pequeño soviético?
¿Cuántas historias de amor se escribirían entre el mismo licor que pudo haber invadido las calles ese día? ¿Qué olor se respiraría entre los besos con sabor a neutrones? Es mucha suerte probar un beso energético, pero a la vez se hace doloroso pensar que estar justo ahí, disfrutando de algo necesario para el alma, acabaría por dejarle dolor a la piela. Uno pensaría que un neutrón no haría mucho daño, que el cuerpo lo toleraría; no hay que olvidar que son las balas que dispara la energía cuando se le reta, cuando se le irrespeta y cuando se le trata como insegura y frívola.
El sacrificio posterior a esa medianoche inesperada del 26 de marzo de 1986 fue más loable que cualquier muestra de amor. Soldaditos de la edad de este químico mataron neutrones en una guerra contra la desintegración, una guerra liderada para reducir el numero de Roentgens (o mejor ahora, culombios/kg) en los indicadores. Una guerra por saber que contra lo que se luchaba era invisible, y que el amor por ver a alguien más feliz era mejor que luchar contra algo pequeño, totalmente imperceptible. Los amores que murieron, los hijos paridos, los que eran mórulas y blástulas, los que ya estaban soñando vivos durmiendo en esa media noche pagaron los besos, pagaron la prueba, pagaron violación a la energía. Esa niña fiera cobró caro, denunció el agravio que le propiciaron y recibió su recompensa y presenció de mano propia el castigo que merecía quien la tocó y la ultrajó.
Aún se recuerda esa media noche, aún se siente. Aún fue increíble ver como todo un sueño energético ardía a 2500 °C. Un sueño cargado de partículas alfa, beta y gamma, lanzadas a morro, jugando a destruir sin ser visibles y poniéndole orden a la misma entropía humana que es el mismo deseo de controlar todo, lo que resulta en la paradoja más hermosa que alguna vez se pueda plantear en la química y la física. Es el verdadero beso con energía, el que espero recibir algún día y morir en paz.
Chernobyl sigue siendo verde en su estepa, pero ahora gris, entre la dolomita, el plomo y el boro, compactados en un muro que evita que lo neutrones, como diabillos, como extraterrestres "terrestremente" conocidos propaguen un daño sucio. Más de 30 años han pasado, y solo hasta ahora se renueva la protección a paso lento. Chernobyl, en nuestra mente, dibuja un deseo que es solo un paso de la química y la física hacia un asunto meramente retórico. El mar no tiene tanto poder, la tierra no puede otorgar tanto estatus, el sol no puede quemar tanto la piel, el amor no puede dejar tanta huella como un ignorado neutrón.
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