domingo, 31 de marzo de 2013

Medianoche en Chernobyl

Una ciudad clavada en un pedazo que fuera soviético. No se necesita inspirar amor allí, no hay torres enormes, no era un lugar propiamente más que bañado por el verde estepario que cambia de gama con la estación del año. Lo que queda de un daño real y catastrófico que parece a esos momentos en donde culmina el amor. Chernobyl platica un suceso donde la radiación seca más que el propio amor, que el sacrificio de salvar a alguien que no conoces tiene mucho más valor que creer en tu propia sangre, en tu propia vida. Aún el daño se siente, aún ese sector se cae a pedazos, aún incluso se puede ver que a kilómetros de esa medianoche perfecta, no caduca la partícula alfa desviada por el negativismo de la realidad de un mundo que se magnetiza por estar conectado y no por hacer la propia introspección; no caduca la partícula beta que se desvía ante el positivismo de la solución que 600 000 personas le otorgaron a otros tantos millones solo para garantizar que la vida continuaría, insospechada y soluble en las nimiedades; no caduca siquiera la partícula gamma, como el mismo tezón de las personas que aún luchan por saber qué pasó ese agosto de 1986 y que aún tienen amor por ver como la energía es más poder que cualquier cosa en el universo, y que manejar la gente no es lo vital para seguir existiendo.

La medianoche rescata el amor en ese lugar, porque ahí, el xenón 135, un lindo isótopo que absorbía neutrones durante las reacciones en cadena para la producción de la energía. Fue una medianoche en la que se quería violar las reglas, se quería poner en juego la capacidad de responder ante una acción prohibida. Todo lo que se hizo necesario fue creer que se podía, tal cual como se alimenta un deseo de estar con alguien y ver que las posibilidades se disminuyen con el tiempo y los retos que se ponen.

Todos preparaban probar si se podía detener el flujo de energía y ver la respuesta de la turbina como generador propio y encendedor de los sistemas de emergencia en caso de que fueran necesarios para un evento similar. El asunto es que todo se violó, la seguridad, el poder de la energía, los circuitos. Todo cuando uno puede creer que sea humanamente posible para el control. ¿Qué estaría pensando un niño en Prípet en esa media noche? ¿Qué podría estar soñando ese pequeño soviético?

¿Cuántas historias de amor se escribirían entre el mismo licor que pudo haber invadido las calles ese día? ¿Qué olor se respiraría entre los besos con sabor a neutrones? Es mucha suerte probar un beso energético, pero a la vez se hace doloroso pensar que estar justo ahí, disfrutando de algo necesario para el alma, acabaría por dejarle dolor a la piela. Uno pensaría que un neutrón no haría mucho daño, que el cuerpo lo toleraría; no hay que olvidar que son las balas que dispara la energía cuando se le reta, cuando se le irrespeta y cuando se le trata como insegura y frívola.

El sacrificio posterior a esa medianoche inesperada del 26 de marzo de 1986 fue más loable que cualquier muestra de amor. Soldaditos de la edad de este químico mataron neutrones en una guerra contra la desintegración, una guerra liderada para reducir el numero de Roentgens (o mejor ahora, culombios/kg) en los indicadores. Una guerra por saber que contra lo que se luchaba era invisible, y que el amor por ver a alguien más feliz era mejor que luchar contra algo pequeño, totalmente imperceptible. Los amores que murieron, los hijos paridos, los que eran mórulas y blástulas, los que ya estaban soñando vivos durmiendo en esa media noche pagaron los besos, pagaron la prueba, pagaron violación a la energía. Esa niña fiera cobró caro, denunció el agravio que le propiciaron y recibió su recompensa y presenció de mano propia el castigo que merecía quien la tocó y la ultrajó.

Aún se recuerda esa media noche, aún se siente. Aún fue increíble ver como todo un sueño energético ardía a 2500 °C. Un sueño cargado de partículas alfa, beta y gamma, lanzadas a morro, jugando a destruir sin ser visibles y poniéndole orden a la misma entropía humana que es el mismo deseo de controlar todo, lo que resulta en la paradoja más hermosa que alguna vez se pueda plantear en la química y la física. Es el verdadero beso con energía, el que espero recibir algún día y morir en paz.

Chernobyl sigue siendo verde en su estepa, pero ahora gris, entre la dolomita, el plomo y el boro, compactados en un muro que evita que lo neutrones, como diabillos, como extraterrestres "terrestremente" conocidos propaguen un daño sucio. Más de 30 años han pasado, y solo hasta ahora se renueva la protección a paso lento. Chernobyl, en nuestra mente, dibuja un deseo que es solo un paso de la química y la física hacia un asunto meramente retórico. El mar no tiene tanto poder, la tierra no puede otorgar tanto estatus, el sol no puede quemar tanto la piel, el amor no puede dejar tanta huella como un ignorado neutrón.

jueves, 7 de marzo de 2013

Recuerdo Periódico

Recuérdame cuando sea hidrógeno, para que así sea el origen de tu universo.
Recuérdame en un beso que sepa a helio, para reducir tu voz a algo tierno y ser discontinuo y no monótono al quererte.
Recuérdame darme un poco de litio, en esa gaseosa deliciosa, para que no me vuelva loco por la falta de tus besos.
Recuérdame cuando en un trozo de esmeralda, el berilio brille con el verde de un llano precioso.
Recuérdame cuando puedas absorberme totalmente, como cuando el boro se convierte en el mejor cómplice de los amores complejos.
Recuérdame ser parte de tu esencia, de tu cuerpo, cuando me refugie en el carbono que habita en todo lado, hasta en lo más profundo de tus huesos.
Recuérdame ser esa atmósfera que es el nitrógeno, que tal vez no necesites, pero te da paisajes increíbles.
Recuérdame cuando se te acabe el oxígeno, porque te daría todo el mío para que respires a mi lado.
Recuérdame ser el flúor que bañe tu sonrisa, que permanezca blanca de tanta felicidad.
Recuérdame ser la luz de neón que ilumine tu camino cuando creas que debe haber diversión.
El sodio es perfecto si recuerdas que hace que vibre tu corazón.
El magnesio, tensando tus músculos, un recuerdo para cuando la desnudez y la fuerza argumenten nuestra pasión.
Liviano como el aluminio, el camino al tomar ese bus, sin destino alguno, solo una calle donde se cree nuestro amor.
A través de ese vidrio, recuérdame si me marcho, que el silicio te devuelva mi sonrisa para que creas fielmente que regresaré.
Como en la roca que hace que el fósforo brote de la tierra, ahí construiremos hogares para nuestros sueños, solo recuérdalo.
Que lo malo nunca contamine nuestro aire ni acidifique la pasión que crean nuestros labios y tu recuerdo al besarme. No nos sulfuremos mucho si nos molestamos por algo.
Una sal para una cena inolvidable, la que mejor permanezca en nuestro recuerdo con el cloro más puro.
Brilla azul, en mis ojos saturados de argón al recuerdo.
Recuérdame en una mordida de una fruta que tranquilice tu corazón al pensarme, el potasio te hará bien.
Fortalece mi cuerpo, con un apretón de tus huesos, del calcio que en mi recuerdo pide a gritos un abrazo.
Escandio al brillo, titanio a la pureza, vanadio a una molécula, cromo a tu color de piel; manganeso a tu esencia, hierro a tu sangre preciosa, cobalto y níquel a tu rareza, cobre para el precio que el zinc me da para proteger este amor. Súmale recuerdos a un beso "galio" en la Torre Eiffel, recorriendo terreno "germanio" después, envenenándome de besos arseniosos, que el cerebro con selenio me revive en esa rica cena que baila entre un pan bromado. Un cristal de kriptón para adornar tus manos; recuerdos de un viaje inesperado.

Explotan fuegos pirotécnicos rojos, cargados de rubidio y estroncio, entre un helaje de itrio. Recuerdo de una tarde memorable.
Que sea mentira lo falso de un zirconio, lo burdo del niobio, y lo ambiguo del molibdeno para describir mi amor, mi recuerdo y mi anhelo de ti.
"Tecnécicamente" hablando, yo sinteticé tu recuerdo.
Un anillo de rutenio o rodio para sellar mi unión a ti, ya no es recuerdo sino un sueño.
Tus besos me contaminan y me hacen explotar. Lo hicieron esa vez, entre brillos de chapas bañadas en paladio, joyas de plata y tintas de cadmio de los periódicos que la gente tira a la calle. Lo recuerdo bien.
Este deseo tiene que ser indio, en la cama acompañados de algún enlatado que fue cubierto con estaño, soldado al buen antimonio y dejando al telurio y a la pereza que nos tomen abrazados. Y sumo más recuerdos.
"¿Te estaño y yodo?" El chiste que te hará poner cara de que no te gusta que te hable de química, pero no está oculta aquí. Lo hago bien para que lo recuerdes. Y bríllame como xenón, para que me ilumines el camino de regreso.
Mide el tiempo, en lo posible con reloj de cesio, para que los metros que esté sin ti sean exactos y se reduzcan cada vez más. Solo recuerda eso.
Si voy a ser tu contraste como bario, entonces que todo tu cuerpo se extrapole a mi piel, pero ya no quiero que tenga que ser un recuerdo.
Sé rareza, como los lantánidos. Sé única, que así te recuerdo más.
Analízame con lampara de Hafnio, si la puedes ubicar, si lo puedes recordar.
No te puedes fundir, y aguantar mi ausencia cual cordón de tantalio o tungsteno en un bombillo que brille aún más con mi llegada. Ahí debes recordarme.
Tu sonrisa no puede invadirse por renio, osmio, iridio o platino. Jamás descuides tu belleza o mi recuerdo puede fugarse.
El oro de tu amor siempre será suficiente para que yo mismo te recuerde.
Nunca quiero contaminar este amor como minero sacando oro con mercurio y matando todo lo bueno y natural que siento. No podría recordar eso.
Solo el plomo acaba con los sueños de respirar y de vivir. Caer en la ambición de pesar más en lo cierto, puede quitarnos la alegría y luego vivir en la incertidumbre. Que no sea ese nuestro recuerdo.
Todo lo demás será para probarme tu amor, para probarme a mí mismo, por eso desde el bismuto hasta el laurencio, yo intentaré descubrir más de mí, sintetizarme en tu vida y llegar al pleno recuerdo precioso que atesores en tu corazón.

Todas mis propiedades pueden ser un enigma con el resto de elementos, pero algo es cierto. Tienes toda una vida para descubrirme, acertar a bombardearme con tu amor, y se genere energía radiactiva que nos haga cada vez más felices. Lo periódico no necesariamente debe ser monótono y puede llegar a ser tan divertido como aprender cualquier cosa. Lo periódico me va a acostumbrar a ti, pero tengo 118 razones para ser más feliz así estés lejos. No va a importar.

Lo importante es solo esto: recuérdame periódicamente.